Repaso del conflicto con el campo por un lector de Barcelona

Viernes, agosto 22, 2008

Encontré esta interesantísima carta de lectores en la última edición de la revista Barcelona. Desgraciadamente la revista, que se publicó el viernes 15, llegó a Pergamino ¡recién ayer! Es increíble, considerando que estamos a menos de cuatro horas de viaje de Buenos Aires. ¿La traerán a lomo de burro?

Luego del conflicto con las entidades agropecuarias y la posterior derogación de la resolución 125, quedaron algunas cuestiones sin tratar. En primer lugar, la validez de la protesta. Es saludable que no se hayan encontrado fiscales ni policías ni periodistas de derecha remarcando que el corte de rutas impidió la libre circulación y que el desabastecimiento perjudicó a los consumidores; no deberíamos pensar, es de mala fe hacerlo, que eso se debió a que la protesta fue implementada por sectores agropecuarios y no por grupos piqueteros. Todo lo contrario: la causa justificaba la metodología. No se diferenciaron las protestas sociales. No. Eso nunca pasó. Nadie dijo que en un piquete estaban los trabajadores y en el otro los que van por el chori y la Coca (o el vino o un plan social). Nadie lo dijo, esta sociedad es desprejuiciada; todos saben que todos los piqueteros están con el Gobierno, que ninguno se opone, y que son vagos que sólo se mueven para obtener subsidios. Acá sólo trabajan los chacareros (que son una unidad coherente y sin contradicciones, claro está. Son todos pequeños productores, no existen los pools de siembra, las tierras están repartidas democráticamente; la concentración de las parcelas es un cuento chino, malo y previsible). Los piqueteros no participan de proyectos productivos (¿usted conoce alguno?). No, no, no. Ni por asomo: son todos iguales.

Segundo, es extraño que sectores afines al Gobierno remarcaran que no se reprimió; sería interesante recordar que el Gobierno actuó como lo hace con los piqueteros disidentes (sí, aunque no parezca, existe oposición y no la manejan los caceroleros de Capital Federal): mediante el procesamiento -mediante la acción judicial y la participación estelar de Gendarmería- de la protesta social. ¿Esa no es una forma de represión? Este detalle incómodo no apareció, por ejemplo, en las cartas de los intelectuales K. (La detención de De Angeli generó malestar social, mientras que las detenciones anteriores de piqueteros no alineados con el Gobierno no produjo marchas ni ruidos de cacerolas de teflón. ¿Piquete blanco y piquete negro? No. Es un acto de mala fe pensar en eso; en este conflicto nunca afloró ningún componente de clase ni existieron actos xenófobos o racistas. El vicepresidente de la Sociedad Rural, Biolcati, no deslegitimó ninguna manifestación oficialista por el color de sus integrantes. Nada de eso).

Tercero, el trabajo de las entidades agropecuarias. Es llamativo que los defensores de los pequeños productores, la Sociedad Rural, la CRA y Coninagro, no hayan remarcado la concentración de tierras en manos de una pequeña cantidad de productores. Que tampoco hayan alertado sobre la sojización y una de sus peores consecuencias: la pérdida de la soberanía alimentaria. Que tampoco hayan denunciado que comunidades originarias fueron expulsadas de sus tierras para sembrar soja. Que tampoco hayan manifestado su preocupación por el empleo en negro y la precarización laboral de los peones rurales. Esos son detalles menores; el problema era la alícuota, que era excesiva. Incluso en los casos de subfacturación y de ventas no declaradas. Detalles, sólo detalles. (Me encantaría saber si esas nimiedades están dentro de lo que De Angeli denomina “plan agropecuario nacional” -o como lo llame-. Si es así, ¿lo ovacionarán golpeando las cacerolas de teflón en el Obelisco? Si ocurre, el progresismo de la Ciudad de Buenos Aires, con Macri a la cabeza, va a estar de fiesta: la clase media y alta porteñas pasarían de ser una cuna de gorilas -prejuicio peronista montonero, claro está- a una cuna de revolucionarios luchadores por la justicia social; estarían a tono con el gobierno de las transformaciones profundas). Por otra parte, y ya que apareció el omnipresente don Alfredo, digamos que Buzzi y la Federación Agraria (la otra entidad agropecuaria) tuvieron una pequeña lección: para la próxima ocasión, deberían revisar el sistema de alianzas. El resto de la mesa de enlace no reclama las compensaciones por las pérdidas con la derogación de la resolución; este detalle menor no les interesa a los defensores de los pequeños productores. No obstante, es un acto de mala fe pensar que a la SR, la CRA y a Coninagro sólo le preocupaba sostener -o aumentar- la tasa de ganancia, sobre todo en un contexto internacional que no favorece a los productores que cuentan con los recursos para producir. (Un detalle de poca importancia: los precios de los granos -y las commodities– aumentan año a año. La rentabilidad -sí, el dato lo confirma- viene en picada ¿O no es así?).

Cuarto, el papel de la izquierda, que nunca termina siendo funcional a la derecha. ¿Cómo? ¿No es así? ¿De qué hablan, qué dicen, que no se le dio pelota a las medidas propuestas por los zurdos? No parece, ni por asomo; lindo apoyo se ganaron los gorilas… como siempre (una breve recapitulación tendenciosa: Isabel y el PCR, Menem y el PCR, etc.) Si no es así, si estamos en los umbrales de una reforma agraria profunda (¿qué ejemplos tomamos para armar la base programática: el de México, el de Bolivia en 1952 o el de Gelbard), pido disculpas por el error de lectura. Y valoro el papel de los sectores progresistas -encabezados por Carrió y Patricia Bullrich, quien siempre defendió, sobre todo durante la presidencia de De la Rúa, a los trabajadores y a los jubilados- de Palermo y Recoleta y de eminentes figuras democráticas como Cecilia Pando y compañía. Si es así, me rectificaré en breve.

Quinto, el estado de la redistribución del ingreso. Es loable la facilidad que tiene [¿el Gobierno?] para detectar los problemas a su debido tiempo. Greenpeace alertó hace más de dos años los deterioros ambientales que produce la soja; el Gobierno ya percibió el problema y, ahora, actúa para evitarlo (le tomó sólo 24 meses, seamos indulgentes). El economista Claudio Lozano señaló el año pasado que la brecha entre ricos y pobres, durante el gobierno de Kirchner, aumentó siete veces; el Gobierno ya percibió el problema y, ahora, actúa para evitarlo (le tomó sólo 58 meses, seamos indulgentes). Asimismo, es de mala fe pensar que este detalle incómodo (la regresión del reparto de la riqueza en un país en crecimiento) haya producido que el Gobierno dejara de aportar estas estadísticas. Es evidente que viene creciendo, desde hace cinco años, la participación de los trabajadores en la redistribución del ingreso; ¿para qué mostrarlo con estadísticas? ¿el proceso no es visible?

Otro detalle del gobierno de la justicia social progresiva, de la coparticipación federal y del aumento de los presupuestos (no son magros, es de mala fe pensar así) de Salud y Educación: en un contexto de inflación creciente, mantiene el sistema impositivo (regresivo) intacto e intenta, con Moreno a la cabeza, una política de control de precios que no funciona. Deberíamos suponer que no tiene en cuenta que los salarios de un albañil y el de Miguens son desiguales; sin embargo, pagan los impuestos como si ganaran lo mismo. Conclusión: aunque Cristina Fernández, tal vez sin quererlo, reconoció el problema, no aparece en la agenda pública un cambio del sistema impositivo (uno basado en la ganancia y no en el consumo). Otra joyita: para las retenciones, el Gobierno implementó la misma lógica regresiva; todos deberían pagar el mismo porcentaje, como si un pequeño chacarero tuviera los recursos con los que cuenta, por ejemplo, el grupo Grobocopatel. El lema podría haber sido: sí a las retenciones móviles, no a las retenciones diferenciadas y progresivas. (Nota seria: el concepto de retenciones móviles es válido, puesto que aumentarían en la medida que los precios internacionales -como, efectivamente, ocurre en estos días- subieran, y bajarían en la medida que los precios retrocedieran. Que sean diferenciadas y progresivas haría que paguen más los que más ganan; pero el Gobierno consideró que los productores estaban en condiciones de igualdad. Es evidente que no es así. Y es evidente que los protectores de los sectores más concentrados -Miguens, Llambías, por citar a los más mediáticos- tuvieron legitimidad amparándose en las protestas de los pequeños productores, los verdaderos perjudicados).

Un último detalle: parafraseando a una mediocre revista, ¿la construcción de hospitales y viviendas va a estar superditada al precio de la soja? ¿Y los demás ingresos del Estado? ¿Y lo recaudado de las retenciones a la minería y al petróleo? ¿Conclusión de todo esto? Una sola: nada nuevo bajo el sol. Otra vez.

Nicolás Alejandro Miguez (no Miguens)
Desde la cuna de la revolución, Chascomús; de vacaciones, claro.

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One Response to “Repaso del conflicto con el campo por un lector de Barcelona

  1. Álvaro Says:

    Jodido análisis


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