Calígula

Jueves, julio 5, 2007

 Cayo Julio César Calígula, nacido en el año 12 de la era cristiana en la ciudad de Anzio, Italia, era hijo de Cayo Julio César Germánico y de Agripina. Germánico era el sobrino e hijo adoptivo del emperador Tiberio, mientras que Agripina era la nieta del emperador Augusto. Germánico y Agripina tuvieron ocho hijos aparte de Calígula, pero tres murieron en la infancia.

Calígula pasó sus primeros años en Germania, pues Agripina acompañaba a su marido a todas sus campañas militares. Parece que, siendo niño, al joven Cayo César le gustaba vestirse de soldado, y le habían fabricado un uniforme en miniatura; de ahí sacó su apodo, “Calígula”, un diminutivo de caligae, el calzado militar de los legionarios romanos.

Como conté antes, Germánico, su esposa y su numerosa prole tuvieron un final desdichado. En primer lugar, Germánico murió en el 19, supuestamente envenenado. Luego su viuda Agripina y sus hijos mayores Nerón y Druso fueron encarcelados por traición a Tiberio en el 29, y murieron en cautiverio. Así, Calígula se convirtió en el único varón superviviente de la familia de Germánico.

Las muertes de Agripina y sus hijos fueron causadas por Lucio Elio Seyano, jefe de la Guardia Pretoriana, quién ambicionaba convertirse en emperador a la muerte de Tiberio y necesitaba para eso deshacerse de los populares hijos de Germánico. El próximo paso de Seyano sería eliminar a Calígula, el último que se interponía en su camino, pero Tiberio se dio cuenta de los manejos de su favorito y lo hizo arrestar y ejecutar sorpresivamente en el 31.

Así, la posición de Calígula se fortaleció. El sobrino-nieto del emperador fue llamado a la corte de Tiberio en Capri, donde se comportó con su tío-abuelo de una forma tan servil que un historiador escribió que él era “el mejor esclavo y el peor amo”. Calígula también se apresuró a ganar la amistad de Quinto Nevio Macro, el nuevo jefe de los pretorianos.

En marzo del 37 Tiberio enfermó gravemente y cayó en un coma profundo. Calígula entonces le robó su anillo-sello y se autoproclamó emperador. Pero Tiberio despertó del coma y Macro debió asfixiarlo con una almohada.

Tiberio había designado a Calígula heredero de sus propiedades y de su título de emperador, pero también había hecho lo mismo con su nieto Tiberio Gemelo. Se suponía que los dos debían compartir el poder, pero Calígula no tardó en lograr que el Senado lo nombrase a él único emperador. Nadie en Roma se opuso a ésta violación del testamento de Tiberio porque el difunto emperador era muy impopular y a nadie le molestaba que se privase del poder a su nieto. No obstante, Calígula adoptó a Gemelo como su hijo.

Los primeros meses del reinado de Calígula fueron muy felices para todos -salvo tal vez para Gemelo-, pues el nuevo emperador era muy querido por el pueblo de Roma. Ofreció más espectáculos en la ciudad, permitió a los exiliados por Tiberio regresar a Roma, desterró a los amigos libertinos del viejo emperador y rehabilitó la memoria de su madre y hermanos.

Las cosas cambiaron cuando Calígula cayó enfermo en octubre del 37. Logró recuperarse, pero su enfermedad aparentemente le produjo un desequilibrio mental grave. Si bien continuó ofreciendo al pueblo diversiones y entretenimientos de todo tipo, se convirtió en un hombre absolutamente cruel y depravado. En primer lugar, hizo ejecutar sumariamente a Marco Junio Silano, el padre de su primera esposa, y a Gemelo, acusándolos de traición. Su abuela paterna Antonia -que era también abuela materna de Gemelo, y a quién Calígula había concedido el título de “Augusta” y otros grandes honores al principio de su reinado- le reprochó el crimen con duras palabras, y Calígula respondió quitándole sus honores y acusándola de brujería y de otros crimenes ante el Senado; Antonia se suicidó.

Macro había respaldado a Calígula en todos estos asesinatos, y el emperador lo recompensó designándolo gobernador de Egipto, pero lo hizo arrestar y ejecutar antes de que abordara, en Ostia, el barco que lo llevaría a su provincia; actuó de ésta manera porque temía la popularidad de Macro entre los pretorianos y sabía que ellos se pondrían de su parte si actuaba abiertamente en su contra.

En el 38 o 39 se produjo una crisis fiscal, causada por los gastos extravagantes de Calígula. Para paliarla, el emperador recurrió a un método al que hoy seguramente recurrirían nuestros propios gobernantes, de ser menos escrupulosos y de estar menos sujetos a las leyes: asesinar a los millonarios para quedarse con sus fortunas. El “déficit cero” de Calígula le costó la vida a decenas, quizá centenares de romanos adinerados. El emperador también impuso impuestos absurdos para recaudar más fondos.

Pese a sus gestos de puritanismo al principio de su reinado, la vida sexual de Calígula no era mucho más casta que la de su antecesor Tiberio. En primer lugar, tuvo una vida matrimonial escandalosa. Su segunda esposa fue Livia Orestila, con quién se casó en el 37 o 38, en las circunstancias más inusuales. Había sido invitado a su boda con Lucio Calpurnio Pisón, y la conoció en el banquete. Según cuenta Suetonio, se enamoró a primera vista de ella, y después de unas horas de mirarla, se levantó y le dijo a Pisón “¡Deja de besar a mi esposa!”. Luego hizo que sus pretorianos se llevaran a Orestila a su palacio, donde pasó la noche con ella. Al día siguiente la convirtió en su esposa y obligó a Pisón a presenciar la ceremonia. Meses más tardes la desterró, acusándola de haber cometido adulterio con Pisón. Éste desdichado Pisón era pariente de aquel gobernador de Siria acusado de envenenar a Germánico, y éste incidente lo hizo enemigo no sólo de Calígula sino de la familia imperial en general. Años más tarde lideraría un complot para derrocar a Nerón.

Su tercer matrimonio fue igual de extraño. Se cuenta que alguien le contó que la abuela de Lolia Paulina, la esposa de Publio Memio Régulo, gobernador de Grecia, había sido la mujer más bella de su época, y que Lolia había heredado su hermosura. Calígula entonces llamó a Memio a Roma y le ordenó divorciarse de Lolia para poder casarse él con ella. El matrimonio duró unos 6 meses, hasta que Calígula se aburrió de ella y se divorció alegando esterilidad, prohibiéndole volver a casarse.

Su cuarto matrimonio fue con Cesonia, una ex prostituta de mediana edad, que tenía tres hijas de una unión anterior y que no era muy hermosa. Muchos sospecharon que Cesonia había logrado que Calígula se enamorase de ella mediante una poción de amor, y que dicha poción y no la enfermedad de octubre del 37 fue la que lo enloqueció. Calígula se casó con ella después de varios meses de tenerla como su amante, y el mismo día de la boda ella dio a luz una hija, a la que el emperador bautizó Drusila en homenaje a su hermana.

Y ya que estamos en el tema, hay que decir que Calígula aparentemente mantenía relaciones incestuosas con su tres hermanas, Agripinila, Julia Livila y Drusila. También parece que era amante del segundo esposo de Drusila, Marco Emilio Lépido, y que éste también tenía relaciones con Agripinila y Julia. Drusila era su favorita, y se sintió tan apenado cuando ella murió de fiebre en el 38 que la proclamó diosa con el nombre de Pantea (en griego significa “diosa de las diosas”). Posteriormente, Lépido -que por ser, como Calígula, biznieto de Augusto, tenía derechos al trono- fue acusado de intentar derrocar a Calígula y ejecutado. Agripinila y Julia fueron acusadas de complicidad y desterradas.

Alrededor del año 40, el propio Calígula se proclamó dios. Ésta medida tomó a todos por sorpresa, pero no hubo grandes resistencias. En primer lugar, porque el emperador todavía tenía bastante popularidad. En segundo lugar, porque había varios antecedentes de ciudadanos romanos que habían recibido honores divinos. Julio César y Augusto habían sido adorados en vida como dioses en Oriente, y tras sus muertes habían accedido al Panteón romano, César como semidiós y Augusto directamente como dios. Tiberio había rechazado honores divinos, pero el hecho de que se los hubiesen ofrecido indicaba que el pueblo romano no sentía un rechazo absoluto ante la idea de deificar a sus gobernantes. Así que a Calígula no le costó ser adorado como dios en la propia Roma. El emperador adoptaba las identidades de diferentes divinidades, como Mercurio o Apolo, pero prefería ser llamado Júpiter.

La única oposición al culto a Calígula provino de los judíos, por entonces la única religión monoteista del mundo, que se resistían a adorar al emperador romano junto a Jehová en sus templos. Calígula ordenó al gobernador de Siria, Publio Petronio, erigir una estatua suya en el mismísimo Templo de Jerusalén, para que los judíos le ofrecieran sacrificios. Petronio, temiendo una guerra civil, “cajoneó” la orden durante un año; finalmente el rey Herodes Agripa I, un buen amigo de Calígula, lo convenció de derogar la orden.

Suetonio y Dión Casio cuentan varias anéctodas sobre la locura y crueldad de Calígula, sobre sus caprichos sanguinarios y sus extravagancias. La más famosa cuenta que el emperador designó a su caballo, Incitato, ciudadano romano, senador y cónsul. Pero muchos historiadores modernos dudan del mito de la locura de Calígula. Hay varios que se preguntan si la actuación de Calígula era totalmente irracional o parte de un plan para abandonar la monarquía disfrazada de República que era el Principado y establecer una monarquía divina en Roma, basada en el modelo oriental. Y que creen que muchas historias sobre las atrocidades de Calígula (lo mismo que las de Tiberio, Nerón y Domiciano) fueron exageradas o bien directamente inventadas por historiadores como Suetonio, que buscaban destacar los defectos de los emperadores de las dinastías Julio-Claudia y Flavia para poner en foco las virtudes de los emperadores de la dinastía Antonina, bajo cuyo gobierno ellos vivían.

En cualquier caso, Calígula terminó por hartar a los ciudadanos de Roma. Se produjo un complot para asesinarlo, encabezado por el jefe de la Guardia Pretoriana Casio Querea, y del que formaban parte muchos senadores y caballeros. Ellos apuñalaron al emperador el 24 de enero del 41, mientras él se dirigía a hablar con un grupo de jovenes actores que estaban a punto de salir al escenario. Uno de los asesinos fue al palacio y mató a Cesonia -que murió con gran valentía- y a su hija Drusila, de sólo 3 años de edad.

El plan de los conjurados era eliminar a todos los miembros de la familia imperial y restaurar la República. No obstante, había una facción en la Guardia Pretoriana que no estaba para nada dispuesta a abandonar la monarquía, y que tenía un candidato viable para reemplazar a Calígula como emperador: su tío Claudio.

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2 Responses to “Calígula”

  1. RIVER111 Says:

    Hay historiadores “revisionistas” que niegan las historias que habitualmente se cuentan acerca de Calígula, alegando que son en parte distorsiones de hechos históricos que tenían otra base y en parte inventadas. No hace mucho leí “Calígula” de Aloys Winterling, y allí este historiador alemán defiende que muchas de las cosas que se nos han contado no ocurrieron realmente así, y que eran en realidad parte de un plan de Calígula para ridiculizar y destruir el rango senatorial a favor de un nuevo orden “imperial”, copiado de las monarquías helenísticas. En las sesiones del Senado posteriores a su muerte se habló de él como un tirano, pero nadie dijo que estuviera loco. La invención de que estaba loco se hizo después, distorsionando gradualmente todos los hechos de su reinado. El mismo Tácito escribió: “Los hechos de Tiberio y Gayo, así como los de Claudio y Nerón fueron falseados, mientras vivían, por miedo, y escritos, después de su muerte, con el odio aún fresco”. (Annales, I, 1, 2)

  2. Martín Says:

    Es cierto, y por eso es lamentable que los Anales de Tácito nos hayan llegado tan incompletos -no incluyen el reinado de Calígula ni los primeros 6 años de Claudio ni los últimos dos de Nerón ni la época de los Flavios-, dado que Tácito fue bastante imparcial al referirse a los Césares del siglo anterior. Suetonio, como conté al final, escribía para glorificar al Senado y a los Antoninos. Dión Casio, por su parte, no tenía ningún objetivo secreto al hablar de los emperadores anteriores a su época -salvo quizás a los últimos Antoninos-, pero cometió el error de tomar como propia la visión de Suetonio.


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